Crónica Ciudad de México
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La Ciudad de México es una urbe moderna y cosmopolita, monumental y llena de detalles, agitada y apacible, cultural y lúdica, nocturna y desvelada como muchas otras grandes capitales del mundo. No obstante, cuenta con algo más que no todas pueden presumir, y que le da un perfil peculiar haciéndola más interesante y atractiva: su zona rural.
Extraña conjugación para una ciudad capital, en el Distrito Federal se combina lo urbano y lo rural donde se mantienen vivas la mayoría de las tradiciones ancestrales que aportan buena parte de los ingredientes que le dan identidad a la ciudad de todos los mexicanos.
Una de estas zonas campiranas, conocida en el mundo entero, que es visita casi obligada para la mayoría de los visitantes que llegan aquí, no solamente del extranjero sino también del interior del país, es Xochimilco.
A la usanza de la época prehispánica, Xochimilco, una de las 16 delegaciones políticas en que está dividida la Ciudad de México, se compone de pueblos y barrios que, si bien comparten tradiciones y festividades comunes, también cada uno guarda las propias desde hace siglos.
Mucha es la historia que tiene; sin embargo, son sus canales y chinampas los que le han dado fama y que lo mantienen desde hace muchos años como uno de los lugares de la metrópoli que todos desean conocer.
Xochimilco, que significa "Sementera de Flores", ofrece al turista una experiencia que combina tradición, cultura, diversión, tranquilidad y la posibilidad de echar un vistazo al pasado, ya que prácticamente es el único lugar que aún nos enseña cómo vivían las sociedades precolombinas que habitaron el Valle de México, cultivando su alimento en chinampas y transportándose en grandes lanchas, ya que en aquel entonces los ríos y canales servían los mismo que hoy una carretera o una autopista.
Una visita a este pueblo debe iniciar en su Centro Histórico, justo en la parroquia de San Bernardino de Siena, construcción del siglo XVI que combina el arte plateresco, barroco y renacentista.
En esta iglesia destaca el retablo principal, de los pocos que hay en el continente americano, diseñado en 1590 y que contiene pinturas con influencias indígenas, italianas y españolas que muestran la historia del cristianismo.
Después de esto, 180 kilómetros de canales le esperan para que los recorra tranquilamente en una trajinera adornada con el sello de la casa: las flores.
Y así, mientras admira el paisaje de las chinampas, esas islas que alguna vez fueron flotantes y donde se siembran hortalizas y flores, y las filas de ahuejotes, el árbol que parece doblarse ante el viento o inclinarse ante los volcanes, puede ir pensando qué va a comer, ya que en pequeñas lanchas se le irán acercando los vendedores de todo tipo de antojitos y comida típica mexicana.
De la misma manera su paseo puede ser acompañado por música de mariachi, marimba o algún trío que tocarán desde su propia canoa mientras navega a la par de la suya.
Arqueología y flores
Si en el trayecto come mucho y bebe poco, quizá esté en condiciones de ayudar a la digestión subiendo a la zona arqueológica de Cuahilama, un pequeño cerro que en sus rocas contiene 10 petroglifos "in situ" de manufactura mexica, grabados entre los años 1400 y 1500 de nuestra era.
El ascenso es corto pero un poco cansado para quien no está acostumbrado; no obstante, vale la pena intentarlo por la belleza y el buen estado de conservación de algunos de estos petroglifos.
Cerca de ahí se encuentra un museo arqueológico que alberga más de 2,000 piezas, entre las que destacan restos de animales que existieron a finales de la última glaciación, 10,000 años antes de Cristo; así como fósiles de maíz, cerámica doméstica teotihuacana y mexica, y osamentas de mamut y mastodontes.
Y ya cuando caiga la tarde, si a usted le gusta la floricultura, tiene a la mano una gran variedad de flores típicas y plantas exóticas en varios mercados: Madreselva, Xóchitl y Cuemanco, uno de los más grandes de América Latina, además de una gran cantidad de invernaderos.
La belleza y el valor histórico que representa, llevaron a la UNESCO a declarar a Xochimilco Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Un elemento fundamental del atractivo de Xochimilco es su gente. Y es que para entender la forma de pensar de la sociedad xochimilca, hay que tener presente que no se trata de la típica comunidad mestiza que a través del tiempo ha ido olvidando sus raíces indígenas, para aparentar ser un pueblo de criollos. Todo lo contrario.
Su fundación data de 1254 y desde el principio crearon las chinampas, lo que les dio fama casi inmediata.
En la época prehispánica, los xochimilcas fueron un pueblo cíclicamente conquistado y conquistador, que supo hacer política y alianzas para, finalmente, obtener su independencia y el respeto de los aztecas.
A la caída de Tenochtitlán, lograron adaptarse y mimetizarse para sobrevivir y perdurar, evitando ser avasallados por el mestizaje.
Desde el inicio de la Colonia aparentaron aceptar el cristianismo y así lograron que se les permitiera conservar algunas de sus tradiciones locales y su identidad como pueblo.
Inclusive, Apochquiyauhtzin, su último gobernante, en 1522 fue bautizado con un nombre español y continuó gobernando a su gente bajo el mandato de los ibéricos.
Durante siglos la población continuó siendo mayoritariamente indígena, por lo que la intervención de sus descendientes facilitó el control de los barrios y los pueblos de la zona. Este arraigo a su origen perdura hasta la fecha y una muestra de ello son sus fiestas populares cívico-religiosas.
La fiesta eterna
Para definir las épocas de abundancia y las difíciles, una metáfora popular afirma que "hay tiempo de lanzar cohetes y tiempos de recoger varas". Es decir, cuando hay fiesta se lanzan al aire cientos de cohetes que estallan en el cielo, después de lo cual cae desde lo alto la vara que lo impulsa. Son los tiempos buenos.
Al siguiente día, en la soledad y el silencio que siempre acompañan al fin de toda celebración, junto con la basura hay que recoger todas esas varas. Son los tiempos malos.
Si viéramos a Xochimilco a través del crisol de este refrán, pensaríamos que se trata de un lugar que solamente conoce los tiempos buenos: anualmente se celebran en sus pueblos cinco ferias regionales y más de 400 fiestas religiosas. No hay día, ni noche, en los que en el cielo xochimilca no revienten cohetes.
Importante es, por ejemplo, la fiesta de la Virgen de Xaltocan, pero nada se compara al culto que se tiene por el Niñopa, un Niño Dios milagroso que no pertenece a la Iglesia sino a la sociedad civil.
La fiesta del Niñopa (Niño-Padre) se enmarca en la ancestral tradición de la Mayordomía que, a su vez, forma parte del Sistema de Cargos utilizado hasta la fecha en algunas comunidades indígenas del país para elegir a sus autoridades sin necesidad de votar en las urnas.
La mayordomía del Niñopa se inicia el 2 de febrero, Día de la Candelaria, cuando el Niño es entregado al nuevo Mayordomo quien lo cuidará durante un año.
En ese lapso, en Niñopa vivirá en su casa, pero diariamente saldrá de visita a la casa de algún vecino que lo solicite, aunque por la noche regresará a casa del Mayordomo, donde siempre dormirá. Esto significa procesiones diarias por las calles, desayuno, comida y cena gratis para todo aquel que quiera entrar a ver a la imagen y después quedarse a compartir los alimentos.
El fiel que recibe al Niño en su casa durante un día, invariablemente le regala un ropón nuevo y una joya, por lo que el guardarropa del Niño se cuenta por miles de vestidos y un tesoro en oro que nadie conoce y que se transmite como un secreto de Estado entre los Mayordomos.
Cuando se da la sucesión de la Mayordomía, el inventario que se efectúa sobre las pertenencias de la imagen: muebles, ropa, juguetes y joyas, puede tomar varias semanas si es que el nuevo Mayordomo pide que los cientos de cajas sean abiertas para verificar cosa por cosa del patrimonio.
La veneración a este Niño Dios llega a ser tan grande, que en diciembre, durante las Posadas, un creyente que lo reciba en su casa por algunas horas, llega a gastar hasta 200,000 ó 250,000 pesos en la fiesta de ese día.
Además, la lista de espera para ser Mayordomo es tan larga, que quien se inscriba hoy posiblemente le toque su turno 40 años después.
Quienes lo han tenido como huésped durante un año, aseguran que el Niñopa, a quien se le deben destinar varias habitaciones exclusivamente para él y sus pertenencias, por las noches juega con sus pelotas y carritos, que camina por la casa y, en ocasiones, sale a escondidas por las noches para curar a algún devoto enfermo.
La familia sobre la que recayó la Mayordomía en 1999, esperó más de 30 años para tener tal honor, tiempo en el que le fueron construyendo su propia casa, la cual incluía una capilla para su culto.
El día que lo recibieron, uno de los miembros de la familia, emocionado casi hasta el llanto, comentó: "El Niño se puso coloradito; eso quiere decir que está contento, que le gustó la casa que le mandamos hacer".
Y es que la tradición asegura que cuando el Niño no está a gusto en algún lugar, su piel se opaca; en tanto que si sucede lo contrario, se le encienden las chapitas en las mejillas.
Así es la Ciudad de México, una gran urbe que conserva vivas tradiciones muy profundas.
Tláhuac también tiene chinampas y trajineras
El visitante que llega al Distrito Federal y de inmediato lo envuelve el acelerado ritmo de una urbe como ésta y la visión de ser una metrópoli moderna, con grandes edificios y vías de comunicación, difícilmente puede imaginar en ese momento que en la ciudad también hay una importante zona rural, donde la naturaleza y la tranquilidad lo dominan todo.
De esta parte de la Ciudad de México, conocido es Xochimilco por sus chinampas y trajineras, pero cerca de ahí existe otro lugar: Tláhuac, donde también es posible realizar este paseo.
Tláhuac tiene cinco canales: Santa Ana, La Asunción, La Guadalupana, San Juan y el de los Reyes Aztecas, siendo este último el principal para embarcarse, con una longitud de 12 kilómetros.
Antiguamente, a través de estos canales se transportaba la cosecha de las chinampas hasta el mercado de La Merced, principalmente maíz, espinaca, calabaza, coliflor y diferentes tipos de flores.
En la actualidad, los canales se utilizan para efectuar recorrido turísticos en trajineras, tal y como se hace en Xochimilco, pero con la diferencia de que aquí hay muchas menos embarcaciones y el paisaje está rodeado de abundante vegetación y aves.
En los canales de Tláhuac también adornan las trajineras con flores de colores y en ellos subsiste la fauna de antaño como carpas, patos, garzas, ranas, ajolotes y culebras de agua.
Narra la historia que cuando los españoles entraron a Tláhuac, comenzaron a quemar y a destruir todo a su paso, por lo que los habitantes lanzaron sus collares e ídolos a los canales, para preservarlos.
Por esta razón fue que hace 36 años, cuando el gobierno mandó desasolvar, encontraron buena cantidad de estos collares, vasijas y piezas arqueológicas, que ahora se exponen en el Museo Vivo.
Este pequeño museo exhibe piezas muy interesantes de la época prehispánica, así como los distintos tipos de cultivo que había en la zona, además de la fauna. También sirve para montar obras de teatro y exposiciones.
Por todo esto, una visita a Tláhuac y, en especial, un recorrido por sus canales, comiendo en la propia trajinera, es un buen paseo para conocer el otro rostro de esta gran metrópoli.
Para llegar al canal de Los Reyes Aztecas, se debe tomar la carretera hacia Puebla y antes de llegar a la autopista se encuentra la desviación a esta delegación política. Hay que seguir el Eje 10 Sur y luego la avenida Tláhuac, hasta llegar al embarcadero que tiene el mismo nombre que el canal, aunque hay todavía quien lo recuerda como el de Amecameca, nombre que llevó con anterioridad.
El Batán, una singular obra de Diego Rivera en la Ciudad de México
El Batán es un lugar lleno de historia, considerado como uno de los pocos pulmones que quedan en la Ciudad de México.
Ubicado al sur de la ciudad, se encuentra el parque "El Batán" dentro de lo que era la "Quinta Ofelia", propiedad en un tiempo de Maximino Ávila Camacho, que en 1953 fue vendida a Dolores Olmedo, crítica de arte y coleccionista de la obra de Diego Rivera.
El nombre de este lugar fue tomando de un sitio que existió durante la segunda guerra mundial en Filipinas y que significa "Lugar exclusivo e intocable", o "Sitio de reunión", significados que tenían relevancia para la coleccionista por sus experiencias al haber habitado allí.
En 1957 Diego Rivera enclavó su ingenio al pintar "El Espejo de la Estrella", que fue la última obra en mosaico que realizó.
La obra tiene un figura un tanto extraña, ya que se realizó en el interior de una fuente que, para el gusto de Dolores Olmedo, resultaba horrible, por lo que pidió a su amigo que la remplazara por una obra de arte.
Este mosaico tenía un significado especial para Olmedo, ya que Rivera plasmaría ahí su núcleo familiar.
En él pintó cuatro estrellas que simbolizan a los cuatro hijos varones de la coleccionista y una tortuga que era su hija; rodeándolos puso a Quetzalcóatl, al perro Xólotl, a la diosa del agua, Chalchiutlicue; a Tláloc y al sapo-rana, como se decía él mismo, quien por su cercanía con Dolores Olmedo sintió la necesidad de incluirse.
Este parque es ahora parte de un fideicomiso construido por Banobras, debido a que en 1957 Olmedo cedió los derechos de esta finca con la intención fomentar la preservación y aprovechamiento social.
Este deseo se ha visto reflejado en las actividades que proporcionan, siempre tratando de impulsar y crear actividades ecológicas y culturales en conjunto con la Secretaría de Educación Pública, por lo que grupos de escuelas públicas y privadas los visitan.
Además, el parque tiene a su disposición áreas naturales para que de lunes a domingo asistan los interesados en conocer el mural o simplemente pasar un día en convivencia con la naturaleza.
Dentro de "El Batán" se encuentran diversas zonas para juegos infantiles, una cancha de tenis, una de básquetbol, espacio para fiestas y diversos asadores para realizar convivios familiares.
Así, "El Batán" es una buena opción para pasar un día tranquilo, rodeado de vegetación y tener una acercamiento cultural al conocer una de las obras singulares de un pintor tan reconocido como Diego Rivera.
Abre de lunes a domingo, de 9:00 a 17:00 horas.
Dirección: Av. San Jerónimo 477, colonia Tizapán San Ángel, casi esquina con Periférico Sur. Teléfono 5683-4713.



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