Crónica Durango
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El panorama general del norte del país suele presentarse como el extremo opuesto del sur de la República Mexicana. A este fenómeno norte-sur que se reproduce en casi todos los países y lugares del mundo, se une México sin duda. Al norte más desértico y árido, pujante y poderoso económicamente, se contrapone el sur voluptuoso en agua y vegetación.
Hablando de manera particular sobre el estado de Durango -el cuarto más grande del país-, se puede mantener esta característica general sobre los estados del norte, considerando sin embargo, que su aridez es relativa, pues cuenta con varias lagunas, ríos y presas, que revitalizan sus paisajes, haciéndolos muy habitables para las estancias largas de turistas y viajeros, y para los más de millón y medio de habitantes que ahora pueblan el estado.
Chihuahua, Zacatecas, Nayarit, Coahuila y Sinaloa son los estados circunvecinos de Durango, que conforman la amplia región norteña de México junto con Sonora, las Baja Californias, Nuevo León y Tamaulipas, entre otros más.
Una importante actividad minera que terminó con el porfiriato, así como sus famosos paisajes semiáridos utilizados en sinnúmero de locaciones fílmicas, o la pertenencia de varias figuras de la historia nacional como Pancho Villa, Guadalupe Victoria, la ilustre familia Revueltas y la misma Dolores del Río, hacen de Durango un estado sobresaliente en el paisaje natural y cultural mexicano.
En 1554 se inició la colonización de este territorio norteño con el alto objetivo de encontrar una generosa mina de plata -el yacimiento que se encontró fue de fierro- y fue Don Francisco de Ibarra quien le llamó "Nueva Vizcaya" a esta región, al tiempo que ordenó a Alonso Pacheco levantar el trazado de la villa de Durango, la cual fue declarada ciudad en 1621. Se sabe sin embargo que mucho antes, en la época prehispánica, Durango era un asentamiento de grupos étnicos sedentarios que sobrevivían de la caza y el cultivo.
Durango era el paso obligado de las comunicaciones entre los grupos prehispánicos del norte de México y Mesoamérica, y los rastros más concretos sobre este desarrollo civilizatorio son los vestigios de "Loma San Gabriel", "La Ferrería" o "El Zape", donde se hallaron incipientes viviendas de planta rectangular o circular, construidas con materiales perecederos y delimitadas por cercas de piedra y escalinatas, además de entierros encontrados en algunas cuevas en las montañas. Se cree que el desarrollo cultural de estos grupos fue en el periodo Clásico mesoamericano, entre los años 450 y 550 de nuestra era.
A la zona arqueológica de Ferrería se puede llegar por la carretera estatal 115, a ocho kilómetros al sur de la ciudad de Durango, en los márgenes del río Tunal. El sitio, que se ha determinado fue habitado en dos periodos distintos entre el 900 y el 1450 de nuestra era, cuenta con estructuras piramidales, adoratorios y pequeños templos. Los expertos coinciden en relacionar a esta cultura con la de Chalchihuites, que se desarrolló en Zacatecas.
Cabe aclarar que el nombre de Ferrería también remite en Durango a la Ex hacienda la Ferrería, vecina de la zona arqueológica, que formaba parte de las propiedades de don Juan Nepomuceno Flores, quien construyó la casona a finales del siglo XIX en los terrenos de lo que fue la primera fundidora de fierro de ese siglo. El uso común de los habitantes le implantó al territorio el nombre de "la ferrería". Hoy, la ex hacienda que preservó ese nombre está restaurada y es posible visitarla, como uno de los más claros ejemplos de la estética colonial de Durango. El conjunto que puede visitarse es la casa grande, la tienda de raya y los restos de la fundidora, como la chimenea, que sigue aún en pie.
Como otros estados del país, Durango se desarrolla en función de los yacimientos mineros que encontraron los españoles durante los siglos XVI y XVII. Y aunque Durango fue casi un error, pues el vecino Cerro del Mercado dio la impresión de ser un enorme yacimiento de plata, la ciudad pudo consolidarse rápidamente debido a la extracción del fierro. Junto con esta actividad económica llegaron los misioneros construyendo algunos templos, misiones y conventos, y así se fue formando el rico paisaje arquitectónico colonial que el estado luce.
Algunos de los edificios más destacados de la ciudad de Durango son la Catedral, el Palacio Municipal, el de Gobierno, el Arzobispado, la Parroquia de Santa Ana y la misma Universidad Juárez de Durango, entre varios más.
La Catedral ocupa el lugar de la antigua parroquia de La Asunción que desapareció por un incendio en 1634. Esta nueva Catedral se terminó de construir en 1844 y mantiene un impecable estilo barroco en su fachada, donde las dos torres de tres cuerpos sobresalen a más de 35 metros sobre el nivel del suelo, sirviendo de marco monumental para la cruz de hierro forjado que se encuentra entre ellas coronando la entrada principal de la fachada.
El Palacio de Gobierno, por su parte, es un magnífico edifico de dos plantas, constituido principalmente por amplios arcos y balcones con barandales de hierro forjado. Esta casona perteneció a Juan José Zambrano, poderoso minero que prosperó de manera tal, que construyó este palacio con teatro incluido, con tan sólo una centésima parte de su fortuna.
Los murales de algunos de sus patios, con directa alusión a la educación, la minería y la agricultura, fueron realizados en 1950 por Francisco Montoya de la Cruz.
La presidencia municipal de Durango es un edificio de estilo neoclásico, muy sobrio, cuyo principal atractivo interior son las pinturas murales realizadas también por Francisco Montoya de la Cruz, que muestran algunos pasajes históricos de Durango, como la conquista de la Nueva Vizcaya, el descubrimiento del Cerro del Mercado y los movimientos de Independencia y Revolución de México.
El Templo de San Agustín se distingue por su sencillez arquitectónica y por ser fundado por el primer obispo de Durango, Fray Gonzalo de Hermosillo, en 1631. En principio se trataba de una pequeña celda de oración, pero fue remodelada en el siglo XIX, agregándosele una fachada lateral y el altar mayor, obra del cantero y escultor Benigno Montoya, quien también realizó obra para las poblaciones cercanas a Durango.
Los franciscanos fueron los primeros evangelizadores en el estado y justo donde fundaron una misión en 1562 -pues al parecer ahí se encontraba un asentamiento indígena tepehuan- se erigió la Parroquia de San Juan Bautista de Analco, la cual se distingue porque su planta arquitectónica es la de una cruz latina y por la mezcla de estilos en su ornamento, debido a sus distintas etapas de construcción.
En el caso del edificio del Arzobispado, es preciso mencionar que la sencillez de su fachada es su característica principal, junto con la roseta labrada en cantera que corona la entrada al edificio. Además, el altar de su capilla, esculpido por Benigno Montoya, asemeja un fino trabajo de filigrana que sigue la estética neogótica.
Por otro lado, la Parroquia de Santa Ana, que fue construida a principios del siglo XVIII, ampliada a finales de ese siglo y restaurada en el XIX e, incluso, en el XX, es una de las edificaciones más portentosas de la ciudad. Dedicado a las monjas capuchinas, el templo tiene dos portadas laterales y un extenso atrio, hoy dividido por una pequeña calle que lo atraviesa, pero que no impide seguir manteniendo la unidad entre ambas partes.
No obstante este largo listado de edificaciones coloniales duranguenses, existe una en particular que se lleva la fama de la ciudad: la Casa del Conde del Valle de Súchil, una lujosa casona colonial ahora propiedad de un banco nacional, ejemplo del refinamiento que la sociedad colonial mexicana del siglo XVIII buscaba a toda costa.
Joseph del Campo Soberón y Larrea, Conde del Valle de Súchil, la mandó construir en 1763 y designó al maestro Pedro de Huertas como el encargado de la encomienda. Huertas no dudó en extender a los detalles interiores y exteriores más nimios, los más agudos estilos barroco y rococó, dando por resultado un edificio portentoso, en el que el abigarramiento de relieves llega incluso al tallado de las pesadas puertas de madera de toda la construcción.
El Teatro Ricardo Castro es otro de los mejores ejemplos de la arquitectura colonial de Durango que, en su caso, fue el estilo neoclásico afrancesado el que dominó durante su construcción, como era lógico durante el siglo XIX.
Ricardo Castro fue un célebre compositor duranguense virtuoso desde muy temprana edad, que ahora le da nombre a este teatro que en su fachada subraya la importancia de la música universal con un medallón central que guarda la imagen de Federico Chopin. En su interior, el teatro también conserva algunos murales con temas históricos de Durango.
En otros ámbitos, se hace imprescindible hablar por un lado de las presas del estado y, por otro, de la famosa Zona del Silencio.
Las presas de Durango forman un conjunto de lagunas muy extensas y muy importantes para el desarrollo social de la ciudad y las poblaciones duranguenses. La Presa Guadalupe Victoria -al suroeste de Durango- por ejemplo, fue declarada Zona de protección Forestal y se extiende en 175,000 hectáreas donde se ha implementado infraestructura turística para pasear en lancha o pescar.
La Presa Federalismo Mexicano, La Presa Francisco Zarco, la Laguna Santiaguillo y la Presa Lázaro Cárdenas, son otros asentamientos lacustres que también ofrecen servicios de pesca.
Y en el vértice de Durango, Chihuahua y Coahuila, se encuentra la misteriosa Zona del Silencio, accesible desde Ceballos, al norte de Gómez, cruzando una terracería de 55 kilómetros.
Esta misteriosa zona tiene una alta concentración magnética que interrumpe el funcionamiento de cualquier aparato de radio y también se distingue por su alta absorción solar y la regular observación de restos de meteoritos en su suelo.
La enigmática Zona del Silencio
La zona del silencio se sitúa en el llamado Vértice del Trino, donde convergen los estados de Durango, Chihuahua y Coahuila. Es un lugar poco conocido, pero los que han llegado hasta allí saben el honor que le hace a su nombre.
La pasividad y desolación se conjuntan en este sitio bajo una inimaginable vista de la bóveda celeste que recibe a todos aquellos viajeros curiosos o místicos que quieran percibir una dimensión fuera de lo normal.
Hay quien dice que en la Zona de Silencio se puede apreciar una poderosa energía magnética que atrae a todos los cuerpos celestes, por lo que constantemente se ven lluvias de estrellas, planetas, satélites y un globo sonda que aparece cada 90 minutos confundiéndolo con la aparición de ovnis.
Pero el misterio de este lugar llega aún más lejos, ya que tiene un raro fenómeno que no permite que penetren las ondas electromagnéticas de la radio y que provoca que las brújulas y los relojes se vuelvan locos, dejando así prácticamente incomunicado a quien la visita.
Estos sucesos le dieron fama en la época de los setenta, cuando un cohete de la NASA cayó en la región y los aparatos de radar para rastreo perdieron toda señal.
Las investigaciones llevaron a la teoría de que un cono magnético cubre el subsuelo y bloquea diferentes tipos de señales, siendo este magnetismo el mismo motivo que influye en la frecuencia con que se aprecian numerosas estrellas fugaces que caen en el desierto, haciendo del suceso un espectáculo inigualable.
Es casi increíble pensar que esta zona que remonta a un mundo antiguo de la era Cenozoica, representado con fósiles llenos de caracoles y conchas marinas que esporádicamente resaltan entre la arena, fue hace 70 millones de años un ambiente meramente acuático.
Ahora el desierto bordeado por montañas con aspectos de cráteres donde abundan aerolitos esparcidos por los alrededores, se ha convertido en el guardián de la Biosfera de Mapimí, tal vez el punto más interesante de lugar.
Dentro de esta reserva te limitarás a observar el paisaje de flora y fauna de la región, que incluye las escasas tortugas endémicas, liebres, palomas silvestres, coyotes, gato montés, jabalí, venado bura y reptiles.
Mientras que de la prominente flora muestra extraños nopales de color violeta, cactus de cabello blanco, tabaco amarillo, roca viviente, peyote y la famosa uña de gato.
La Zona del Silencio no es de fácil acceso, ya que para llegar a conocer la Biosfera de Mapimí es necesario contratar la ayuda de un guía, pero el lugar es increíble para acampar y disfrutar de las mejores noches de observación estelar, pero sí decides quedarte deberás hacerlo en grupo y con la permanecía del guía, ya que ahí no hay ni un alma y la oscuridad y el silencio es aún más profundo.
Ecoturismo y misterio en Durango
Por su desierto, serranías y valles, que reservan espectaculares vistas de la Sierra Madre Occidental, Durango es un sitio ideal para la práctica del ecoturismo, ya que ofrece un sinfín de opciones para la diversión y el descanso en contacto con la naturaleza.
Como en Santiago Papasquiaro, un lugar rodeado de albercas naturales formadas por manantiales de aguas termales como Los Hervideros, Padre Peña y Atotonilco o la Laguna de Santiaguillo, que alberga a miles de aves de diferentes especies, tanto migratorias como residentes.
En las presas Guadalupe Victoria y Peña de Águila se pueden realizar diversos deportes acuáticos y pesca.
Los parques naturales que abundan en la entidad son sitios en los que se descansa en cómodas cabañas rodeados de montañas cerca de impresionantes barrancas o a orillas de majestuosos bosques.
El Tecúan es uno de ellos, éste se localiza a 50 kilómetros de la capital en medio de la Sierra Madre Occidental. El centro recreativo Paraíso de la Sierra se encuentra cercano a bellas cascadas y cañones y el Parque Nacional Mexiquillo es famoso por su cascada y formaciones rocosas.
A 125 kilómetros al noroeste de la ciudad de Durango, por la carretera 40 de cuota, en el municipio de Peñón Blanco, se localiza el Cañón de la Concha, en donde se practica rappel y ascensos por los escarpados muros de roca.
En Pueblo Nuevo, a 69 kilómetros de El Salto, se encuentra la Cascada Charco Verde, rodeada por el paisaje de la Sierra Madre Occidental y alimentada por las aguas del río Vaquería, forma una caída de 30 metros de altura. El entorno natural, pleno de bosques de pino y encino, ofrece buenos lugares para realizar alpinismo o para emprender una caminata por el fondo de la cañada o la ribera del río, en donde aún se pueden encontrar gambusinos que buscan oro en los fondos arenosos del cauce.
Enmarcado por un agradable paisaje y abundante vegetación, el balneario La Joya, ubicado en el poblado del mismo lugar a 66 kilómetros de sureste de la ciudad capital, cuenta con sencillas instalaciones junto a varias caídas de agua sulfurosas, cuyas temperaturas fluctúan entre los 30 y los 40 grados centígrados. Ahí se pueden rentar rústicas cabañas y disfrutar de una apacible fin de semana.
Otro balneario es Los Arcos, el cual está rodeado por un abundante paisaje de vegetación boscosa. Cuenta con cómodas instalaciones y todos los servicios para disfrutar de un buen baño en alguna de sus albercas o chapoteaderos y tomar el sol en sus áreas de descanso; incluye sitios para comer al aire libre y restaurantes. Aquí practican actividades deportivas al aire libre o en salón. Se localiza en el boulevard Miguel Alemán Valdez, en Ciudad Lerdo, a 5 kilómetros al suroeste de Gómez Palacio.
Y para los amantes del rappel, campismo, caminata y escalada, la entidad tiene infinidad de lugares en espera de audaces que gusten de recorrer barrancas, cañones, bosques, ríos y lagos, principalmente los que se ubican en la región conocida como Las Quebradas.
Un sitio especial que ha intrigado a geólogos, habitantes y turistas, son las Grutas el Rosario y la Zona del Silencio, ésta última ubicada en la confluencia de los estados de Coahuila, Chihuahua y Durango, en donde se ha creado una Reserva de la Biosfera dedicada a estudiar los diferentes fenómenos que se presentan como es la dificultad de la propagación de las ondas hertzianas, la caída de meteoritos y su alto magnetismo.
Los antiguos habitantes de Durango dejaron vestigios de su presencia en sitios como La Ferrería, Navacoyán, Río Tepehuanes y el Zape, que hoy son visitados por su valor arqueológico, al contar con restos de asentamientos humanos.
Su rastro también puede seguirse a través de pinturas rupestres y petroglifos que narran la visión del mundo en Ciénegas, Trincheras, Cañón de Fernández, Los Caracoles, Las Chivas y en la Cueva de Los Monos, en donde quedan vestigios de este arte.


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