Tzintzuntzan es un pequeño poblado de Michoacán, ubicado a
67 kilómetros de Morelia, pintoresco y típico, ideal para
comprar artesanías, que guarda el tesoro de una zona
arqueológica muy importante y peculiar. Cualquiera
podría pensar que su nombre, más que un significado
etimológico tiene uno onomatopéyico: la conjunción
repetida de la "T" con la "Z" en cada una de sus tres
sílabas parece un zumbido, pero no de insecto sino de ave.
O de un pájaro que vuela como insecto, o que agita sus
alas con la velocidad de un bicho. "Tztztztztztztztztz",
así suena el chupamirto en su aletear febril, como sólo lo
hacen las abejas. "Lugar de Colibríes" es lo que
significa, más allá de la curiosa casualidad de su sonido
de zumbido. En el conocimiento popular, Tzintzuntzan
parece no tener el crédito que merece, porque
históricamente resulta ser mucho más que un pequeño pueblo
donde el turista puede comprar artesanías, visitar las
pirámides e impresionarse con su celebración del Día de
Muertos. Esta población fue la capital del reino
tarasco antes de la llegada de los españoles y, más tarde,
después de la Conquista, la principal ciudad de Michoacán.
Inclusive, los cronistas europeos llegaron a señalar que
"entre las aguas que hermosean a esta provincia, tiene el
primer lugar la de Pátzcuaro, que más bien se debe llamar
de Tzintzuntzan", ya que este pueblo está junto al lago,
en tanto que el poblado de Pátzcuaro se encuentra más
lejos, "media legua a lo menos". Y parte del
legado que nos dejaron aquí los tarascos es una bella zona
arqueológica conocida como Las Yácatas, donde se pueden
observar unas inusuales pirámides semicirculares. Las
Yácatas, que en lengua tarasca significa "Montón de
piedras", se definen como unas pirámides falsas y son los
principales edificios de la zona, ya que estaban dedicados
a sus dioses. Estas construcciones, cuya planta
combina el rectángulo con el semicírculo, son
características de algunos sitios purépechas de los siglos
XV y XVI. Tenían una escalinata adosada al centro de su
cuerpo rectangular y en Tzintzuntzan hay cinco de ellos. Al
caminar por la zona, que se encuentra justo a la entrada
del pueblo, se pueden constatar dos periodos de ocupación
del sitio a partir de las estructuras arquitectónicas: una
gran nivelación artificial de la ladera del cerro sobre la
que se encuentran los edificios visibles en la actualidad
y una subestructura de dicha nivelación y de las yácatacas. La
mayor parte de la información sobre la fundación de
Tzintzuntzan se halla en un documento del siglo XVI
llamado "Relación de las ceremonias y ritos y población y
gobierno de los indios de la provincia de Michoacán",
escrito por el fraile Jerónimo de Alcalá. En
ese documento se narra cómo al llegar los purépechas a la
cuenca del lago de Pátzcuaro establecieron alianzas
estratégicas con los antiguos pobladores de las islas y de
tierra firme. Después se consolidaron como grupo
hegemónico, teniendo como sede la ciudad de Tzintzuntzan. A
partir de la lectura de los documentos históricos, se
infiere que el crecimiento de esta población pudo deberse
a razones político-religiosas, ya que se trataba de una
ciudad administrativa. Como fecha de su fundación se
menciona el año de 1450. La zona fue abierta al
público al finalizar los primeros trabajos de restauración
y consolidación, a finales de la década de los 30. Las
excavaciones Las investigaciones arqueológicas
iniciaron en la región desde finales del siglo pasado. La
primera referencia a la existencia de vestigios
arqueológicos en Tzintzuntzan se remonta a 1855, cuando
Beaumont destaca lo que fueron los principales
asentamientos purépechas: Pátzcuaro, Tzintzuntzan e
Ihuatzio. Asimismo, el antecedente más antiguo de
estudios arqueológicos en el sitio es el trabajo del
doctor Nicolás León en 1888, cuando describió las
características de los edificios y proporcionó una breve
historia del lugar, destacando las intervenciones bélicas
que ocasionaron una gran destrucción. Ya para
1930, Alfonso Caso y Noguera realizaron la primera
excavación en Tzintzuntzan y sus resultados no fueron del
todo favorables, debido a la escasa formación del suelo,
lo que se tradujo en una enorme dificultad para
identificar las capas estratigráficas que mostraran la
secuencia temporal de los restos arqueológicos y sus
ocupaciones. La segunda incursión de trabajo fue en
1938, dirigida por el mismo Caso con la colaboración de
otros destacados investigadores como Jorge R. Acosta,
Daniel F. Rubín de la Borbolla y Armando Nicolau. Los
trabajos se canalizaron a la consolidación de las
estructuras; se excavaron algunos entierros y se trató de
definir la secuencia temporal de ocupación del sitio. Fue
entonces que se encontraron los cimientos del edificio A,
que era un elemento colonial, y se descubrió el edificio B. En
la tercera temporada, dirigida por De la Borbolla en 1940,
se terminó de consolidar y reconstruir la yácata 5 y se
excavaron los edificios B y C. En 1942, efectuaron la
cuarta temporada de trabajo cuyas metas fueron realizar un
levantamiento topográfico detallado de la yácata 5. Desde
entonces, los estudios de la zona han seguido
periódicamente. La última temporada de exploraciones se
realizó en 1992. En esa ocasión se restauró y liberó la
cara noreste de la gran plataforma, así como la esquina
norte de la misma. También se construyó el museo de sitio. Algo
para resaltar es que desde la pequeña cima donde está
asentada la zona arqueológica, la vista es particularmente
excepcional, ya que desde ahí se domina, en primer plano,
la techumbre de teja de las casas de Tzintzuntzan y al
fondo se puede admirar en todo su esplendor el lago de
Pátzcuaro. La Noche de Muertos Aunque
Las Yácatas son un gran atractivo para visitar esta
localidad, en realidad es su celebración de la Noche de
Muertos, el 1 y 2 de noviembre, lo que le ha dado fama
mundial. Esta conmemoración es una de las tres más
relevantes que se celebran en México, junto con la de la
isla de Janitzio, ubicada en el lago de Pátzcuaro, muy
cerca de Tzintzuntzan. Sin embargo, como Pátzcuaro suele
saturarse de gente y automóviles en estas fechas, muchos
prefieren quedarse en Tzintzuntzan, donde el rito de
recordar festejando a los muertos es similar, con la misa
magia, el mismo misterio y el mismo sincretismo con que
los pueblos indígenas suelen honrar a sus difuntos. En
esas dos noches, la muerte escapa del cementerio de
Tzintzuntzan. El camposanto huele a alcohol, a flores, a
noche recién amanecida, a pinos con rocío, a pescado seco.
Y aunque el aire es frío y una leve neblina gravita en el
aire, la tierra está caliente. La puerta del más allá se
acaba de cerrar. Son las siete de la noche. Las
veladoras están prendidas sobre las tumbas y, como
maceteros, frascos de vidrio y grades botes de hojalata de
rajas de jalapeños contienen crisantemos, claveles rojos o
gladiolos. Un trío de hombres con algunos tragos
encima se corre su última parranda con el amigo que han
dejado bajo alguna cripta hace unos años y ya están
afónicos de tanto cantar y cantar. La noche
anterior no existió. En vez de oscuridad rajada por una
luna tímida de cuarto creciente, el resplandor de miles de
velas y veladoras hizo posible el milagro. Un halo ámbar
pobló la noche en ambos extremos de la carretera que
divide al panteón a la entrada del pueblo. Visto por un
murciélago, el espectáculo amarillo de la alfombra de
cempazuchitls y las coronas con moños recargadas en las
criptas o sembradas en la tierra que abriga a los que se
fueron primero, debe ser intimidante. Apenas unas
horas atrás se oían rosarios interminables murmurados en
torno a una matrona obesa de rebozo negro y medias de
lana. Cantaba un conjunto de música purépecha junto a una
lápida de cantera rosa rodeada por los sombreros gachos de
una familia huérfana de madre. Se oía, y retumbaba entre
el humo amarillo, la nítida voz de Pedro Infante auxiliada
por una grabadora del tamaño de un féretro infantil. Se
oían, pero también se sentían, las lágrimas de los deudos
sin consuelo. Lo que hoy son desechos, ayer fueron
manjares. Están regadas por entre los caprichosos
vericuetos de las tumbas hojas de elote que abrigaron
corundas y uchepos, tortillas con carnitas y charales en
salsa roja. Las botellas de charanda yacen en la tierra
como frutos caídos de un árbol embriagado. Una pila de
cocos con ginebra vigila la foto de un hombre de bigote
crespo y mirada profunda. Los dulces de leche, las
morelianas y las calaveritas de azúcar son preferidos por
los niños. En Tzintzuntzan, a 11 kilómetros de
Pátzcuaro en la rivera lacustre, donde los artesanos
tallan la cantera con precisión estremecedora y desnudan
la madera hasta hacerla vivir en Quijotes y frailes y
sirenas y máscaras tenebrosas, la noche de Todos los
Santos, los vivos agasajan a sus muertos y les platican y
les lloran y comen y beben con ellos y les recuerdan. Esa
noche, que no es noche, sino un tumulto de micro soles del
tamaño de un cerillo, las puertas del inframundo se abren
para comulgar, vivos y muertos, en una celebración única
en el mundo donde la muerte es un dulce, una plegaria, una
fiesta.
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Carnavales en Michoacán
Traje típico del baile de los viejitos
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Se llevan a cabo el martes anterior al miércoles
de ceniza.
Si bien en Michoacán destaca la
celebración de Tarímbaro, por la altura y riqueza
ornamental de sus "toritos", también son
reconocidas las fiestas de la ribera del Lago de
Pátzcuaro, Tuxpan, Charo y la Estación Queréndaro,
municipio de Zinapécuaro.
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LOS ORÍGENES Etimológicamente "carnaval"
significa carna-carne y vale-valor, de tal manera que se
interpreta como la fiesta de la carne o la celebración por
excelencia de todo lo mundano El carnaval ya se
practicaba en Europa antes del descubrimiento de América,
pero como ocurrió con otras manifestaciones populares, a
la llegada de los españoles se fusionó con las fiestas
paganas de los pueblos conquistados.
EL CARNAVAL
MICHOACANO En el caso de Michoacán, la creación de los
carnavales se le atribuye al primer obispo del estado, Don
Vasco de Quiroga. Se dice que él ideó la elaboración
de un toro recubierto con un petate. Ese elemento es,
hasta la fecha, una de las figuras principales del
carnaval michoacano, y aunque actualmente se elaboran con
diversos materiales, aún se les llama "toritos de petate". Originalmente
los toritos danzaban al son de tambores, trompetas y
chirimías.
Actualmente los acompañan bandas de
música y "maringuías" (hombres vestidos de mujer), que
bailan por las calles recorriendo los barrios de los
pueblos, mientras se sueltan fuegos de artificio en el
trayecto.
Aunque las fiestas de carnaval y las
danzas con "toritos de petate" se llevan a cabo en
diversas partes del estado y del país, muchos consideran a
Tarímbaro como la cuna de los toritos de petate, porque el
testimonio escrito más antiguo que hay sobre esta
manifestación alude a esa localidad.
Los
ornamentos que rodean a los toros evolucionan en forma
constante, volviéndose más elaborados e incrementando su
tamaño, de tal forma que los toritos de Tarímbaro
actualmente llegan a medir hasta cuatro metros de altura
por tres de ancho, con un peso de hasta 130 kilos. Habría
que destacar que los sostiene y "los baila" una sola
persona, aunque participan varias para cubrir el recorrido
de todo el día porque, debido al peso, cada danzante
soporta apenas cinco minutos en promedio o hasta dos
cuadras seguidas. Por eso hay cuatro personas custodiando
a los danzantes para ayudar a sostener el toro si se llega
a ladear. TARÍMBARO
Según
estimaciones del Cronista de Tarímbaro, José Manuel Lara
Martínez, cada uno de los toritos elaborados por los tres
barrios de Tarímbaro durante 2005 requirió de una
inversión aproximada de 120 mil pesos, que incluyeron no
solo el material de la figura en sí, sino también el pago
a la banda de música que acompaña a cada barrio y otros
gastos.
Los tres barrios de Tarímbaro son: San
Marcos, La Doctrina y La Cruz, y cada uno elabora un
"torito" que, en su ornamentación, alude a un tema en
particular, que se mantiene en secreto hasta el día de la
fiesta.
Durante 2005, el Barrio de la Cruz trabajó
sobre la Revolución Mexicana; el Barrio de La Doctrina en
el Escudo Nacional, el Calendario Azteca y algunos héroes
nacionales; en tanto que el Barrio de San Marcos llevó el
tema de un idilio indígena y la Flor de Tabaco. Al
iniciar enero, cada barrio se organiza para reunir las
cooperaciones necesarias para cubrir los gastos de la
fiesta. Participa tanto la propia población como de
diversas dependencias, como la Casa de las Artesanías,
Oficialía Mayor, Secretaría de Turismo y Presidencia
Municipal. Los toros de años anteriores "se bailan" el
fin de semana previo a la fiesta principal y el martes de
carnaval se desmantelan y distribuyen entre los habitantes
de Tarímbaro, que los guardan como piezas de arte porque
reconocen y valoran el detalle manual que lleva cada uno
de los segmentos que integran la figura monumental. La
ruta general que se recorre en Tarímbaro con el torito
cubre una distancia aproximada de 10 kilómetros, pasando
por las principales calles del pueblo y de los propios
barrios durante todo el día. A las 8:00 de la
mañana inicia la fiesta cuando en cada barrio se realiza
"la garita", o "aduana", que es una comedia improvisada en
donde un grupo de actores solicita al dueño del toro "el
fierro" o "la marca" para dejarlo entrar al centro de la
población. Los personajes que participan ahí son
el Juez, el Secretario y La Maringuía, entre otros, y una
vez que el Juez autoriza el ingreso al pueblo, el Toro
avanza por la calle principal. Más tarde, alrededor de las
14:00 horas, retorna al barrio de donde salió y ahí se
mantiene el resto del día. FUENTE:
SECTUR-MICHOACÁN
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Playas de Michoacán www.michoacan.gob.mx
Islas de Puerto Vallarta
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En Michoacán, "El Alma de México", los deportes
extremos, la variedad de paisajes y el ecoturismo
no son una excepción sino una virtud que
engrandece al estado, por tal motivo, en esta
región podrás disfrutar una excelente alternativa
para tu relajamiento en el hermoso litoral
michoacano, donde sus principales atractivos son:
las playas de Maruata, Faro de Bucerías, el Estero
de Pichi, la laguna de Mezcala y las playas
ideales para el surf: La Ticla y Nexpa, todas
ellas pertenecientes al municipio de Aquila.
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En verano, las playas de Nexpa y La Ticla, presentan
condiciones excepcionales para la práctica del surf, ya
que el oleaje alcanza por lo regular los dos o tres metros
de altura, presentando crestas en condiciones de baja
velocidad y clasificadas en lenguaje técnico como "olas de
un punto", es decir que salen en una sola dirección y no
representan mayor riesgo para quienes practican de este
deporte e incluso para quienes se inician en él. Por
su parte, Playa Azul es otro sitio de la costa michoacana
donde se practica surf pero sólo por parte de
experimentados, pues a diferencia de La Ticla y Nexpa
presenta condiciones "de dos puntos", es decir, olas que
se forman en dos direcciones distintas, representando
riesgo porque pueden entrecruzarse antes de romper en la
playa.
Sin embargo, si no eres aficionado al surf,
dispones de una variedad de increíbles paisajes en la
costa michoacana, que a lo largo de 213 kilómetros le
ofrece las más variadas vistas, con acantilados, esteros,
bahías, caletas, formaciones rocosas y arenas que van
desde los tonos negros hasta los dorados más claros. Por
ejemplo, el Río Balsas, por su facilidad de navegación, es
un importante atractivo turístico, que durante varios años
fue el escenario de un Maratón Náutico Internacional. La
Bahía de Maruata la conforman un conjunto de playas que
tal vez sean las más bellas de la costa michoacana, en
donde desemboca el arroyo de Coire, cuya planicie fluvial
aumenta una tupida vegetación palmar y tropical. Más
adelante se encuentra el caserío de Colola, con su río. Su
ribera traza una línea recta, con playas de arenas
amarillas, de casi seis kilómetros de longitud. Frente
a una planicie de aproximadamente un kilómetro de largo,
al oeste de Colola, hay otra laguna. Los arroyos
Escobillero y Chipana desaguan en esta laguna-playa, al
final de la cual aparece otra más y la desembocadura del
río Motín del Oro, que forma delta y barra. Avanzando por
este litoral se llega a Punta San Telmo o Faro de Bucerías.
Faro
de Bucerías es notable por sus arenas amarillas y desde
ahí se divisan varias islas rocosas, que son el principal
atractivo del lugar.
San Juan de Alima es otra
playa, cercana a Punta San Telmo y posee entre su
exuberante vegetación el canto de aves exóticas que se
disfruta en agradable tranquilidad. Siguiendo por la
carretera costera, después de San Juan de Alima se llega a
Boca de Apiza, un lugar donde desemboca el río Coahuayana.
Tiene una playa larga y casi recta, de aproximadamente 8
kilómetros de tupida vegetación en la que se localizan una
serie de esteros.De hecho, Bahía de Bufadero, en Caleta de
Campos, es un lugar adecuado para la instalación de
tiendas de campaña, por su ubicación, buen clima, y sobre
todo, el espectáculo de su bahía. La abundante pesca y la
proximidad de agua garantizan el éxito de su desarrollo. Resulta
también importante subrayar que las playas de Michoacán,
"El Alma de México", son el refugio para el desove y
reproducción de tres tipos de tortuga marina, (Golfina,
Laud o gigante y tortuga negra) que arriban de junio a
octubre y que constituyen una importante reserva
ecológica, la cual no deja de ser una maravilla de nuestro
estado. El recorrido por las playas puede llevarse a
cabo a través de una carretera costera y cabe señalar que
el municipio de Lázaro Cárdenas cuenta además con un
aeropuerto que ofrece vuelos a diversos destinos
nacionales.
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